Este triturar aparece ya en otras obras anteriores. Un lienzo de dos años antes, Partido de beisbol triturado (2020), aplica la misma lógica a un tipo distinto de espacio. Aquí, en el jardín, el efecto es de catástrofe. Un tobogán, representado en un azul reluciente, se ha hinchado hasta alcanzar el tamaño de un monumento. Un caballo se encabrita. La escala está rota. La composición es un collage de momentos, de atmósferas, de lenguajes, todos forzados a ocupar el mismo espacio.
Esta ansiedad dista mucho de los inicios de las pinturas de ocio de Moreno Sánchez. Una pequeña acuarela de 2009, Domingo por la tarde en el parque, muestra un mundo de alegría sencilla y bulliciosa, con sus figuras disolviéndose en volteretas de puro movimiento. El parque fue en su día un espacio de libertad espontánea. En 2022, se ha convertido en un lugar hostil, tan profundamente fragmentado que parece más el escenario de un accidente. La inocencia de la obra anterior se ha agriado.
No son personajes de una historia; son especímenes caídos de otras realidades.
En el centro un tobogán, pero también una garra, una pieza de maquinaria industrial, una escultura. Parece importado de los espacios sintéticos e inhumanos que acabarían definiendo sus posteriores cuadros de cuerpos monstruosos, como los de la serie Monstruo del espacio latente. El objeto es un embajador de una naturaleza que no es natural en absoluto.
Y, sin embargo, esparcidas por la hierba hay naranjas.