El tiempo se detiene en un azul eléctrico que lo envuelve todo, encapsulando una tregua compartida. Tres figuras habitan el mismo sofá, pero cada una navega una soledad distinta, inmersas en la rendición absoluta del sueño. No hay diálogo, solo la presencia física de los cuerpos que se abandonan al agotamiento, dejando que el mundo exterior se disuelva en la penumbra. Es la pausa necesaria, el refugio de una juventud que baja la guardia ante la insistencia de las horas, recordándonos que descansar, en compañía, es también una forma de intimidad.

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Mañaneo I.

2019, Óleo sobre madera, 30 x 50 cm.