Stalker.

2021, Óleo sobre tela, 73 x 60 cm.

La tercera presencia

Situarse ante este cuadro es meterse de lleno en la historia. El aire es de un azul profundo, eléctrico, el color de la noche en la ciudad o de una piscina fuera de horas. En ese azul, dos cuerpos se funden en un abrazo tan prieto que amenaza con borrar todo lo demás. Estamos lo bastante cerca como para ver el rosa fucsia de una uña, el amarillo chillón de una pulsera, el estampado en zigzag de una falda que parece vibrar con vida propia. Una de las figuras, vestida con un extraño top negro y lustroso, sostiene un vaso turquesa con una pajita, un detalle de una normalidad tan cotidiana que hace que la intensidad del beso parezca aún más un momento robado. El abrazo es el centro absoluto de este mundo, un nudo de sentimiento y carne tan tenso que se convierte en el ancla del cuadro.

Y, sin embargo, el título es Stalker. La palabra funciona como un marco que redefine la escena al instante. Nos obliga a apartar la vista del beso y dirigirla a la izquierda del lienzo, hacia aquello que de otro modo podríamos haber pasado por alto. Allí acecha una tercera figura. Es una presencia grotesca e inquietante, medio hombre, medio bestia, con lo que parecen unos cuernos de toro brotando de una cabeza deforme. Su cuerpo es un garabato basto de rojo y negro sobre unos pantalones cortos azules, una forma que se disuelve, mal hecha. ¿Es este el acosador? ¿O el título nos implica a nosotros, los espectadores, y convierte nuestro propio acto de mirar en una forma de intrusión? El artista lleva tiempo fascinado por el acto de observar, como en la mirada furtiva de su "Voyeur" o en las escenas capturadas de la serie "Stolen pic". Aquí, esa dinámica se vuelve siniestra. El cuadro se niega a ser una simple ventana a un momento privado; en su lugar, acusa al propio marco que lo contiene.

Este observador monstruoso no es solo un recurso narrativo, sino una ruptura en el propio tejido del cuadro. La pareja que se besa está representada con un realismo pulcro y seguro; sus cuerpos son sólidos y su ropa refleja una luz verosímil. El acosador, en cambio, está pintado con una violencia discordante. Más que una figura en el mismo espacio, parece una herida en el lienzo, un lugar donde el mundo se ha torcido. Recuerda a las criaturas demoníacas que pueblan el Aquelarre de Goya, figuras que encarnan un terror primigenio. Pero mientras que los monstruos de Goya pertenecen a la noche de la superstición y el mito, este resulta espeluznantemente moderno, como uno de los "Monstruo del espacio latente (I)" del propio artista que se ha abierto paso hasta la realidad. Es el hombre del saco del siglo XXI.

¿De qué está hecho este nuevo tipo de monstruo? Fijémonos en cómo está pintado: la representación tosca y pixelada, el ruido visual, la sensación de degradación. Parece un archivo corrupto, una imagen de baja resolución ampliada más allá de sus límites y pegada en un mundo de alta definición. La crítica y artista Hito Steyerl, en su ensayo «En defensa de la imagen pobre», describió la vida de las imágenes que se copian y circulan sin cesar por internet, perdiendo calidad y adquiriendo un nuevo y extraño estatus con cada transferencia. El acosador es una imagen pobre que ha cobrado vida en óleo. Es un fantasma en la máquina, un espectro nacido de los datos que habita el mundo obstinadamente físico del lienzo. Es el rastro visual de un millón de ojos invisibles, la radiación de fondo de una cultura de la vigilancia hecha carne.

Realizado en 2021, el cuadro lleva el eco de un momento histórico concreto. En una época de distancia impuesta, en la que el tacto entrañaba un riesgo, esta representación de un abrazo público y desesperado parecía un acto desafiante de memoria y anhelo. Es una escena de intimidad que se sabe insegura, una isla de conexión en un mar de ansiedad ambiental. La alegría del abrazo es real, pero no puede escapar del todo del observador en la periferia, del fantasma en el banquete. Al igual que la energía caótica de las escenas nocturnas anteriores del artista, como "Fiesta en el parking (I)", este cuadro entiende que ninguna fiesta es del todo privada. Siempre hay alguien, o algo, observando desde los márgenes.

El cuadro nos deja con esta tensión. Ofrece el placer visceral de una conexión humana y, al mismo tiempo, la profunda desazón de ser visto. Plantea que quizá ambas cosas ya no puedan separarse. La cuestión central no es quién se besa, ni siquiera quién mira. El tema es el espacio cargado que hay entre ellos. Es la conciencia de que toda alegría privada proyecta ahora una sombra pública, de que todo abrazo ocurre ante un público silencioso e invisible. El mundo se disuelve en un azul profundo e incierto, pero aquel vaso turquesa permanece, sostenido por una mano firme. Un hecho pequeño y sólido en una escena que se desmorona.

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