Un espécimen nacido del código, con anatomía pero sin un mundo al que pertenecer. Situarla en un paisaje es afirmar que esta criatura pertenece a la tierra, bajo un cielo, entre las plantas.
Madonna (II), de Juanma Moreno Sánchez, retoma la deidad sintética y alienígena que ya proponía en Madonna (I). El ser ha aterrizado. Está sentado bajo un cielo azul brillante, sin nubes e inquietantemente uniforme; un cielo que parece menos una atmósfera que un fondo digital. La pregunta ya no es simplemente qué es esta cosa, sino dónde está. Y la respuesta parece ser: en ningún lugar que reconozca.
Este gesto va directamente en contra de la larga tradición de situar figuras sagradas en el mundo. Para un pintor como el maestro del siglo XVI Joachim Patinir, la figura era a menudo un ancla diminuta para una visión de la vasta creación, expansiva y minuciosamente detallada. En su Landscape with St. Jerome, el santo es un incidente minúsculo en la vasta y gloriosa creación de Dios; el verdadero tema es el paisaje. Moreno Sánchez escenifica justo lo contrario. La figura es monumental, una acumulación caótica de partes biomórficas, mecánicas y textiles que devora el encuadre. El paisaje es el incidente, un contexto apenas esbozado.
Ensamblar una escena con partes que no se corresponden es una preocupación constante en su obra. Lienzos como El silencio (I), con sus figuras ocupando el mismo encuadre pero estaciones distintas, muestran un interés temprano por escenificar estas colisiones silenciosas e imposibles. Aquí, sin embargo, la extrañeza no proviene de la confrontación entre dos realidades humanas, sino entre lo artificial y un mundo que se supone natural. En Madonna (II), tanto la figura como el paisaje que habita parecen igualmente sintéticos.