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Electricidad estática I.

2026, Oil on canvas on cardboard, 35,56 x 27,94 cm.

Leonardo llenó cuadernos enteros comparando los rizos con remolinos de agua de río, pero a la hora de llevarlos al lienzo, hasta los suavizaba en ondas continuas. Julio Romero de Torres prefirió la arquitectura. En Viva el pelo (1928), que pintó casi al final de su vida y que se conserva en el Museo Julio Romero de Torres de Córdoba, la parte posterior de la cabeza femenina se convierte en una escultura de seda azabache y aceitada. Sujeto por una pequeña peineta roja, el cabello es un monumento inamovible al pudor y al mito local, fijado con tanta firmeza que el aire a su alrededor no puede ni moverse.

Hace quince años, Moreno Sánchez puso a prueba esa misma quietud cordobesa. Lienzos como Estudio de Julio Romero de Torres I y la trenza apretada de Trenza de Patri trataban el pelo como un volumen obediente, aislado del espacio circundante y anclado a la columna. Aquí se nos propone justo lo contrario. En el margen inferior apenas se intuye que ahí debajo existe una niña. Se ha sacrificado la figura para que un pelo ingobernable se adueñe del soporte, arrancando el retrato de la psicología. Lo que antes era un adorno de identidad regional se ha transformado en una maraña que se deshace con la corriente de aire.