Robert Bechtle se pasó cuatro décadas borrando cualquier rastro humano del automóvil estadounidense, usando proyecciones de diapositivas para convertir parachoques cromados y rancheras en planos inmaculados, blanqueados por el sol. Juanma Moreno Sánchez se acerca a la máquina sin ese distanciamiento forense. En Houston I, la pickup se planta como un bloque de hierro oscuro, alzada sobre ruedas enormes y suspendida sobre un pedazo de asfalto recalentado. Moreno trata el vehículo como un hecho físico y obstinado que ocupa espacio, con una densidad capaz de combar el paisaje a su alrededor.
Los coches y los márgenes de las carreteras llevan años rondando la obra de Moreno, aunque rara vez de forma tan evidente. En su acuarela de 2018 Fiesta en el parking (I), los coches aparcados servían de perímetro impreciso para un grupo de adolescentes haciendo tiempo sobre la grava, abocetados con una indiferencia rápida y aguada. Dos años después, Cruzando la meseta dejaba varado un vehículo solitario bajo el horizonte pálido e inmenso del centro de España, donde la distancia se tragaba el motor por completo. Aquí, en la cerrada serie que incluye Houston II y Rockets win I, la máquina queda empujada directamente contra el plano del cuadro. El soporte de cartón bajo el lienzo mantiene el formato en unas dimensiones modestas, domésticas, pero la pintura arrastra la fricción densa de un polígono industrial.
Detrás del chasis, la vegetación se incendia. Los árboles abandonan los verdes botánicos y estallan en un magenta virulento y eléctrico que muerde un cielo cian duro y un fogonazo de amarillo ácido. Es imposible saber si ese magenta reproduce un árbol de Júpiter en plena floración estival o es un fallo óptico escupido por una foto digital sobresaturada. Esa ambigüedad responde a la costumbre de Moreno de recurrir a pantallas de móvil distorsionadas y a los primeros errores de la imagen generativa, una línea que conecta con los ataques de neón de Me duele el flúor I.
El pavimento del primer plano pierde tensión allí donde la aguada terrosa no termina de decidir si es suelo achicharrado por el calor o disolvente de más escurrido con un trapo.
El cuadro encuentra su pulso en la fricción entre el metal oscuro y pesado y esa vegetación alucinada. La combinación recuerda a Charles E. Burchfield, que convertía bosques anodinos en campos vibrantes de color artificial. Burchfield buscaba espíritus entre la maleza; Moreno se conforma con la pesada quietud de un aparcamiento.