La estela del impacto
Un arma se dispara. En una explosión de naranja, ocre y un espeso y sorprendente brochazo de un blanco rosáceo, un misil asciende por un cielo del color de un moratón. El vehículo de lanzamiento, una bestia angulosa de verde militar, está afianzado en la tierra, levantando una polvareda que parece mezclarse con sangre. El momento es pura violencia y fuerza ascendente. Pero el cuadro lo mantiene en una extraña suspensión. El cielo no es el azul de la atmósfera, sino el lila y cian desvaídos de una pantalla que se apaga. La explosión no es solo fuego; es una flor de pintura pura y hermosa, una cresta física de pigmento sobre la superficie plana del lienzo. Es la imaginería de la guerra moderna, pero ralentizada, plasmada a mano y dotada de una belleza profundamente perturbadora.
El título no explica: informa. Rockets win I. La frase tiene el tono seco y declarativo de un marcador deportivo o un titular de última hora. Es el lenguaje de internet, donde los acontecimientos complejos se ven aplanados y reducidos a memes y vídeos virales. No es la primera vez que Juanma Moreno Sánchez toma prestados sus títulos de la jerga informal y la materia efímera de nuestro tiempo, como en obras como "Otro puto selfie" (2014) o "Chat GPT soñando con sentir cosas" (2022). Aquí, la frase arranca la imagen del ámbito de la pintura histórica solemne y la arroja al flujo caótico y amoral de las redes sociales. Reconoce dónde es más probable que hayamos visto esta escena antes: no en una galería, sino en un móvil, haciendo scroll entre vídeos de armamento con música pop de fondo, con su poder destructivo reconvertido en una forma de entretenimiento siniestro.
¿Qué ocurre cuando una imagen así, nacida en digital y destinada a una circulación infinita y fugaz, se rehace meticulosamente al óleo? La teórica Hito Steyerl, en su ensayo de 2009 "En defensa de la imagen pobre," describió la vida de los archivos comprimidos y de baja resolución que viajan a toda velocidad por nuestras redes. Este cuadro parece el fantasma resucitado de una de esas imágenes pobres. La calidad borrosa y pixelada del cielo y los colores ácidos y brillantes son los artefactos de la compresión digital, traducidos ahora al lenguaje lento y deliberado de la pincelada. Al convertir lo transitorio en algo permanente y con textura, Moreno Sánchez fuerza una confrontación. Toma un espectáculo diseñado para ser consumido en segundos y lo convierte en un objeto que exige una mirada sostenida, devolviéndole un peso y una presencia material de los que su forma digital se desprende.
Hay aquí un eco histórico, una rima con la serie "Death and Disaster" de Andy Warhol de los años sesenta. Warhol tomó imágenes de prensa de accidentes de coche y sillas eléctricas y las serigrafió en colores vibrantes, a menudo chocantemente alegres. Entendió la escalofriante desconexión que se produce cuando los sucesos más terribles se convierten en imágenes mediáticas y reproducibles. Moreno Sánchez trabaja con una contradicción similar, pero para una era distinta. Donde Warhol usó el proceso mecánico de la serigrafía para reflejar la frialdad de los medios de comunicación de masas, Moreno Sánchez utiliza el toque expresivo y humano del óleo para representar una imagen que parece fundamentalmente inhumana y algorítmica. El resultado es una colisión de texturas: el tema, violento y candente; la fría distancia de su origen digital; y la cálida realidad física de la propia pintura.
Y es en esta cualidad física donde reside el argumento final. Con solo 25 por 20 centímetros, el cuadro es un objeto íntimo. Su escala es la de una tableta o un libro, y obliga al cuerpo a acercarse para inspeccionar su superficie. De cerca, la ilusión de la escena da paso a la realidad de su factura. Ves la trama del lienzo en el cielo. Ves el grueso relieve de pintura blanca que es el corazón de la explosión. Ves la antena, fina y nerviosa, que se alza desde el chasis del vehículo. El cuadro detiene la imagen pulida y sin fricción de la guerra y le da un cuerpo, con sus imperfecciones y su textura.
Rockets win I no moraliza. Captura la complejísima situación de quien observa un conflicto a distancia, un lugar donde lo terrible y lo bello, lo instantáneo y lo perdurable, se han enredado sin remedio. Presenta un acto de destrucción espectacular y lo plasma con una paleta que roza lo decorativo. Nos deja con la estela de un impacto, un estallido de fuego y humo que es a la vez un acontecimiento estético y el presagio de una realidad brutal que queda justo fuera de campo. El título anuncia un ganador, pero el cuadro pregunta qué se ha ganado exactamente, y qué se pierde cuando la visión es tan seductora.