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Piso de estudiantes.

2007, Oil on canvas on cardboard, 162 x 116 cm.

En los techos de las iglesias barrocas, pintores como Andrea Pozzo disolvían la arquitectura sólida en una ilusión de cielo infinito y lanzaban a santos y ángeles a un paraíso de pura matemática perspectivista. Era una demostración del poder divino que se burlaba de la física terrenal. El lienzo de juventud de Juanma Moreno Sánchez Piso de estudiantes parte de una infracción parecida, un cuerpo que flota sin ataduras en el espacio, pero lo que plantea es completamente distinto. El movimiento de la figura es un ascenso hacia los cielos interrumpido por un techo.

Un joven flota en un vórtice de planos arquitectónicos torcidos, con los brazos levantados en un gesto a medio camino entre la rendición y la performance. Está sereno. Tiene la cara vuelta hacia arriba, como si mirase a la fuente de luz de esa habitación imposible. Si está cayendo, saltando o siendo lanzado es un dato que el cuadro se guarda. La clave emocional está abajo, en el revoltijo de cuerpos que forma el tercio inferior del lienzo. Aquí no hay alarma, solo una calidez serena y sonriente. Una de las figuras, con los ojos cerrados en lo que parece un gesto de placer, recibe una mano suave en la cabeza. La escena no representa una catástrofe, sino un juego. El título sitúa esa gran geometría que se derrumba en la realidad prosaica de un piso compartido, un lugar donde las reglas del mundo se suspenden temporalmente para dar paso a juegos que nacen del aburrimiento.

Pintado en 2007, este lienzo es un hito importante al principio de la obra de Moreno Sánchez. Establece un interés temprano y duradero en la dinámica ambigua de los grupos de gente, un tema al que volvería en los estudios en acuarela, más sueltos y anecdóticos, también titulados Piso de estudiantes del 2009, y en lienzos más grandes sobre el ocio colectivo como Veinteañeros en la Feria de San Mateo (2010). En estos cuadros, como aquí, la historia nunca queda del todo clara. La energía es la de esos momentos que parecen importantes pero cuyo significado es ilegible para quien los ve desde fuera. El drama en Piso de estudiantes no es narrativo, sino físico: una cuestión de peso, equilibrio y la fe implícita en que te van a recoger.

Donde el famoso techo de Pozzo en la iglesia de San Ignacio de Roma usa un punto de fuga ficticio para crear una impresión de orden ilimitado, la composición de Moreno Sánchez se desploma hacia dentro. La luz es un amarillo doméstico, no un blanco celestial, y el espacio no parece tanto un milagro como una habitación angosta que la energía de su interior vuelve inmensa. Toma prestado el lenguaje formal de la perspectiva imposible, pero lo aplica a un tema laico y profundamente íntimo. El cuadro hace una afirmación grandiosa y barroca de un sentimiento pequeño y humano: la fe momentánea y temeraria en que tus amigos no dejarán que te des contra el suelo.

La pose de la figura que flota es casi demasiado elegante para ser un mero accidente, más cerca de la caída controlada de un bailarín que de un desplome caótico. La conexión entre su cuerpo aéreo y el tierno barullo de abajo es conceptual, no un hecho pictórico; las manos son delicadas y están ahí, pero ninguna está en posición de amortiguar una caída. Quizá de eso se trata. Todos los ángulos vertiginosos y las sombras que se hunden, toda la arquitectura pictórica que sostiene la escena, están anclados por lo más concreto del encuadre: la sonrisa con los ojos cerrados de la figura de abajo. La sonrisa es el suelo emocional en una escena que ha abolido la gravedad. Confirma que el juego es seguro y que la caída es un acto de alegría.