A primera vista, el título parece señalar a la figura tumbada en primer plano, con la cara oculta por unas gafas de realidad virtual, un cuerpo entregado a un mundo que no podemos ver. Pero cuanto más miras, más parece que el título contagia toda la escena. El propio paisaje parece un espacio virtual, el recuerdo construido de un ideal bucólico. El paisaje está plasmado con aguadas suaves y difusas que lo dividen en franjas horizontales: un cielo de un azul amoratado, un pasto verde y brumoso poblado por lo que podrían ser bisontes o vacas, una orilla y una extensión de tierra cálida y ocre. El escenario no es un lugar concreto. La pintura muestra la idea de un lugar, un arquetipo construido a partir de mil otras imágenes de un campo apacible.
El cuadro encuentra su extraña fuerza al plantear una competición entre dos tipos de irrealidad. Las figuras del primer plano no es que ignoren un paisaje hermoso, es que habitan un espacio virtual mientras se encuentran físicamente en otro. Son fantasmas en dos máquinas a la vez. Moreno Sánchez sustituye el sueño clásico de la Arcadia, presente en fantasías pastorales como el Concert champêtre de Tiziano, por una versión contemporánea. Si las figuras de Tiziano estaban unidas por una atmósfera mitológica compartida, aunque misteriosa, las de aquí son islas. El hombre encorvado sobre el móvil y el cuerpo perdido en sus gafas no están en comunión con la naturaleza ni entre sí, sino con otro mundo.
Esta preocupación por la pantalla como una presencia que interrumpe, como una fuente tanto de conexión como de profunda ausencia, ha recorrido su obra durante más de una década. La figura solitaria consumida por el brillo de un portátil en Chatting (2010) es un ancestro de las de aquí. También lo son los televisores muertos que yacen como ballenas varadas en el paisaje fracturado de Pantallas (2010). Con Realidad virtual, pintada quince años después, la tecnología ya no es solo un elemento en la escena, sino una condición del hecho mismo de estar en el mundo, tan portátil e inmediata como la hierba sobre la que se sientan las figuras. Incluso el acto de mirar se ha convertido en un tema, como se ve en la anterior Mirando reels (2015).
La figura más elocuente del cuadro es aquella de la que toma el título: el cuerpo con las gafas, tumbado boca abajo, con el rostro completamente ausente. La postura sugiere una rendición total, una vida desconectada. La obra no es un lamento ni una crítica. Es un paisaje para una época en la que el propio paisaje es solo una de las varias realidades disponibles, y no siempre la más atractiva. Simplemente da fe de un nuevo tipo de presencia (o ausencia).