Lo pastoril, su lenguaje de colinas suaves y armonía pertenece a un mundo que quizá nunca existió, pero que desde luego que seguro no existe ahora. Recurrir a ese lenguaje solo puede ser una obra de nostalgia, de ironía o de advertencia.
Una aguada de azules y amarillos suaves dibuja un cielo alto y despejado sobre una amplia llanura. En primer plano, unas figuras reposan envueltas en una neblina de rosas y verdes, con los cuerpos relajados, cómodos. A lo lejos, una manada de bisontes pace. La escena está impregnada de un silencio profundo. Transmite la sensación de ser un lugar seguro, una visión de calma arcádica que resuena con obras suyas muy anteriores y más directas, como Paisaje nostálgico, de 2009. La pincelada es suave, los colores se funden unos con otros.
Y entonces el pintor le pone nombre: El auge de la ultraderecha. El título cae sobre la imagen como una sentencia, una fuerza externa que no describe la escena, sino que la infecta. Este acto de nombrar con violencia es una estrategia constante en la obra de Moreno Sánchez. Una víctima sonriente en una nevera de camping se titula Crimen en el olivar; una vista anodina de unas tiendas de campaña, EL apocalipsis se parece a un camping. El acto de nombrar es una instrucción para que miremos de nuevo. Cada elemento se ve forzado a entrar en un registro nuevo y siniestro por esta colisión.
Esta forma de trabajar es una discusión con una larga tradición artística. En un cuadro como The Harvesters (Los cosechadores), de Pieter Bruegel el Viejo, de 1565, el mundo es estable. El calor, el trabajo, el descanso en común, la vasta extensión de la tierra: todo suma hasta formar una visión coherente de una realidad de orden divino, aunque agotadora. Todo tiene su lugar. La acuarela de Moreno Sánchez, en cambio, es una pintura sobre un mundo que se desmorona.