La vieja maquinaria del arte sacro, con sus símbolos y sus milagros, ha sido desmantelada. Un pintor que quiera mostrar un cuerpo que aspira a la eternidad ya no puede tomar prestada la luz del cielo; tiene que generarla desde dentro de la escena.
Un altar antiguo de Juanma Moreno Sánchez se adentra de lleno en este dilema. El título promete permanencia, piedra y rituales tallados para sobrevivir a generaciones. El lienzo ofrece lo contrario. En un paisaje luminoso, casi bucólico, de campos verdes y flores, una precaria torre de figuras lucha por mantenerse. La estructura es un altar de carne. Los tres cuerpos, superpuestos como fantasmales imágenes residuales, parecen fundirse entre sí, con unas formas tan inestables que es difícil saber dónde termina uno y empieza el siguiente. Toda la estructura parece temporal, una ofrenda construida solo para el instante.
Podríamos argumentar que un antepasado de esta pieza proviene de un lugar mucho más oscuro: las figuras aladas y desesperadas del aguafuerte de Goya Modo de volar, cuyos intentos de vuelo son un ejercicio de ilusión heroica y probablemente fatal. La pintura de Moreno Sánchez es un gesto de ascenso despojado de su público y de su certeza.
Esta cualidad evanescente de las figuras es un rasgo distintivo de la obra reciente del pintor, que a menudo encuentra su material de origen en las anatomías imposibles ideadas por algoritmos generativos, como en el monstruosamente sereno Ángel III. Sin embargo, aquí el efecto no parece tanto la lógica de una máquina como un recuerdo, o un defecto en una copia fotográfica.
Pese a toda su energía, la pintura coquetea con una cierta simplicidad esquemática. El paisaje sereno contrapuesto a las figuras que luchan, el rosal en flor en el borde del lienzo; son contrastes nítidos, casi simbólicos. El éxito de la obra depende de si esta legibilidad se percibe como un regreso deliberado a los arquetipos.
La ironía final está en la pretensión del título de ser antiguo. Aquí no hay nada antiguo salvo la ambición de alzar algo, de hacer un gesto hacia el cielo. Las figuras no celebran. Se esfuerzan. El cuerpo superior, sostenido en alto como la reliquia de un santo, es el más transparente de todos, con un brazo alzado en un gesto que podría ser un saludo, una súplica o una disolución final. El cuadro no nos muestra al dios para el que se construyó este altar. Solo nos muestra el coste físico del intento, el puro esfuerzo de mantener una forma, un segundo más, contra la atracción de un azul vacío.