Cada ser vivo ocupa su propia realidad. Para el bebé, con la boca abierta en un círculo perfecto de necesidad, el mundo no es más que sensación, un reino unipersonal. Arriba, un gato está sentado, muy tenso, con la mirada fija en algo fuera del encuadre, su atención puesta por completo en otro lugar. Un segundo gato investiga los pliegues de una manta, absorto en su propia cacería privada. Son modelos de una presencia pura, imperturbable. Los adultos, visibles solo como una mano, una cadera y un par de pies, son un paisaje de carne. La escena marca un alejamiento radical de la díada silenciosa y devocional de su anterior Maternidad de 2011. Han pasado una docena de años y un mundo de experiencias.
Este tipo de caos doméstico tiene una larga historia. Un pintor como el holandés del siglo XVII Jan Steen llenaría una habitación de desorden. Sus ruidosos hogares son escenas del fracaso humano. El lienzo de Moreno Sánchez no pretende dar una lección parecida. El caos aquí es biológico, no moral. Nadie se está portando mal; sencillamente están siendo, sus naturalezas discurren en paralelo, sus necesidades entran en conflicto. El bebé llora porque eso es lo que hacen los bebés. Los gatos observan y merodean porque eso es lo que hacen los gatos.
La propia pintura transmite esa sensación de información que compite entre sí. El verde esmeralda de la sábana y el estridente estampado de cachemir del edredón luchan por el dominio, un ruido visual que amenaza con devorar a las figuras.
A diferencia de tantas de sus obras recientes, que encuentran su extrañeza en los cuerpos algorítmicos generados por máquinas, el poder de este cuadro proviene de su intensa, casi brutal familiaridad. El tema no es un fallo en un espacio latente, como las figuras de Jardín triturado, sino una crisis que ocurre en un dormitorio.
El cuadrito: una referencia a Baby Beluga de Raffi.