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Comedor de gambas.

2009, Óleo sobre tela, 61 x 50 cm.

Esta pintura, uno de los primeros autorretratos del autor, parece ser un reflejo del acto deliberado de ausentarse de la sala por pura fuerza de concentración. La concentración del comedor gambas en su trabajo. El trabajo de mirar la obra empieza por el mundo que ha decidido dejar fuera, en lugar de por la figura.

Ese mundo es una mancha carmesí, caliente, un evento social reducido a puro ruido. Las figuras del fondo no tienen rostro, solo una especie de velocidad urgente y desenfocada. Son la fiesta que el hombre ha rechazado. Como respuesta, ha creado para sí un círculo de operaciones, una zona de claridad fría y bien iluminada sobre el mantel blanco. Ahí, en ese espacio privado, está absorto en una única y delicada tarea. La obra temprana de Moreno Sánchez es a menudo un estudio sobre la incomodidad social, una lectura atenta de los espacios extraños que se abren entre las personas, como en las trayectorias compartidas pero separadas de su cuadro de 2008 Transeúntes. En Comedor de gambas, la solución a esa incomodidad es levantar un muro de concentración intensa, convirtiendo el acto de chupar cabezas de gambas en un ritual que no deja espacio para que entre el mundo exterior. Su camisa, de un blanco impoluto, es el uniforme para un acto social.

Hay una larga línea transversal en la pintura que encuentra una especie de santidad laica en el acto de la concentración intensa. Va desde los pintores del Siglo de Oro holandés que retrataban a eruditos en sus estudios hasta este restaurante español. El tema encuentra un antepasado sorprendente en la obra de un fijnschilder («pintor fino») como Gerrit Dou, cuyo Astronomer by Candlelight (El astrónomo a la luz de las velas) de la década de 1660 muestra a un hombre encorvado sobre un globo celeste, con el rostro iluminado por su concentración mientras el resto del mundo se sume en la oscuridad. Moreno Sánchez toma prestada esta gramática de la absorción, pero la aplica a un tema radicalmente prosaico. El cosmos se ha encogido hasta caber en un plato de gambas. El globo del astrónomo se convierte en el cuerpo curvado de una gamba. El acto de devoción permanece, una investigación entregada y casi científica de un fragmento diminuto y temporal del mundo.

¿Se resiente el tema mundano del cuadro bajo el peso de un tratamiento tan serio? Quizá. El título, Comedor de gambas, es crudamente descriptivo y renuncia a cualquier vuelo poético. La tensión del cuadro reside precisamente ahí, en la distancia entre la gran maquinaria histórico-artística de su composición y la insignificancia del momento que registra. Esta tensión es un riesgo que el lienzo asume abiertamente. Esta voluntad de encontrar gravedad en lo popular, en el momento desechable, es una constante en su obra de este periodo, visible en su tratamiento de una imagen digital de baja resolución en Stolen pic II, del mismo año. Moreno Sánchez parece preguntarse qué ocurre cuando las experiencias humanas más intensas y significativas ya no se encuentran en los grandes acontecimientos, sino que hay que buscarlas en rituales pequeños, privados y a veces un poco sucios.

El centro de la operación está en las manos. Están completamente absortas en su tarea. Es un cuerpo bajo control total, una herramienta que una mente concentrada utiliza para desmontar otro cuerpo más pequeño. Esta carne controlada y resuelta está a años luz de las anatomías caóticas y generativas que aparecerían en su obra más de una década después, como en las extremidades enmarañadas y sobrantes de Ángel III. En este lienzo de 2009, el cuerpo no es el lugar de lo extraño; es el instrumento que se usa para mantener el mundo a raya. El cuadro es el retrato de una mente que usa un acto físico para mantener su propia soledad, perfecta y defendida.

Lo último en lo que uno quizá se fije es en los otros cubiertos que hay sobre la mesa, todavía envueltos cuidadosamente en su servilleta, sin usar. Está comiendo con los dedos. Dentro de la construcción civilizada del salón de bodas, sobre la tela blanca y limpia de su quirófano particular, ha optado por el contacto más directo y primario. Todo el drama del cuadro está en esa elección: un acto animal de consumo, realizado con la concentración meticulosa de un relojero.

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Piso de estudiantes II — painting by Juanma Moreno Sánchez
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