Subir a alguien a un pedestal ha sido siempre la declaración de poder más directa de la pintura. La propia elevación alza a la figura por encima del común de los mortales y la adentra en el terreno del símbolo, como un general de bronce a caballo cuya importancia, al parecer, se mide en metros. El pintor da este tratamiento monumental a su propio abuelo.
Sitúa a su figura en un pueblo que no es ningún lugar, de muros lisos y blanqueados por el sol, y lo deja completamente solo, un espectáculo sin público.
Pintado en 2009, Abuelo pertenece a un corpus de obra que encontraba su extrañeza en el mundo tal cual es, antes de que el artista diera el salto a los monstruos sintéticos nacidos de algoritmos generativos. Las torpes reuniones de sus acuarelas de la época, como en "Piso de estudiantes I", y las figuras anónimas de óleos como "Transeúntes", son estudios sobre la callada fricción de lo cotidiano. Años más tarde, en obras como "Ángel III", la extrañeza sería biológica, una cuestión de cuerpos imposibles. Aquí, la extrañeza es puramente situacional: una cuestión de un hombre, un objeto y un lugar que no encajan.
El cuadro escenifica un absurdo público: un hombre convertido en estatua contra el cielo. El título, Abuelo, lo ancla en la más privada de las relaciones. La obra no trata sobre la grandeza, sino sobre los extraños papeles que a veces se nos pide que interpretemos y sobre la discreta dignidad que hay en el mero hecho de aguantar el equilibrio. No es un símbolo. Es el abuelo del autor, subido a un tobogán, teniendo un día muy raro.