Una línea puede trazar el borde de una cosa, diciéndote dónde acaba un hombro y empieza el cielo. O una línea puede ser una cosa en sí misma, una marca que no pertenece al mundo del cuadro. Los pintores han jugado con esta ambigüedad, pero casi siempre han seguido las reglas, dejando que la línea sirva a la ilusión. El pequeño cuadro de Juanma Moreno Sánchez de 2025, Un buen día, le planta cara a esas reglas. Una furiosa línea de color rosa eléctrico se ha trazado sobre la escena ya terminada. Esta línea no describe. Interrumpe.
El cuadro escenifica una confrontación con una idea muy antigua. La figura vista de espaldas, el Rückenfigur, ha sido durante mucho tiempo un recurso para meternos en un paisaje, un sustituto de nuestra propia contemplación. En manos de un pintor como Caspar David Friedrich, la figura de espaldas contempla un mundo completo, sublime y cargado de significado, como su Woman at a Window (Mujer en la ventana), que mira hacia la promesa de los barcos en el Elba. Moreno Sánchez nos da el mismo planteamiento, una figura de hombros desnudos al borde de una vista, pero corrompe la promesa. El mundo que esta figura observa está lleno de fallos. El cielo está infectado del mismo rosa, una floración tóxica que perfila las nubes y una torre eléctrica lejana.
Este color ajeno parece salido de una pantalla. Tiene la cualidad sintética y absoluta de una imagen térmica o de una herramienta de selección digital, una forma de ver propia de las máquinas. Y sin embargo es un óleo sobre tabla, una marca hecha a mano. Esta ha sido una cuestión recurrente en su obra, desde el resplandor despersonalizador del portátil en Chatting a los extraños cuerpos soñados por máquinas que aparecieron en sus cuadros hacia 2019. Aquí, el fantasma en la máquina no es una figura monstruosa, sino una simple y agresiva línea. Esta línea es un virus que se ha escapado de la pantalla y ha empezado a adherirse a las superficies del mundo físico, perfilando un cuerpo, una nube o una flor con su rosa chillón.
Si se mira más allá del rosa, el resto de la escena no es tan estable como parece al principio. La piscina es una lámina de un azul imposible y uniforme, un agujero recortado en el paisaje, más que una masa de agua dentro de él. Los campos ocres están raspados y llenos de cicatrices, con marcas que parecen más una escritura frenética que briznas de hierba. El gato, un familiar vigilante que ya ha aparecido antes en su obra, especialmente en Autorretrato con Puri (IV), parece la única criatura que está aquí como en casa. Todo lo demás es provisional y extraño.