El icónico cuadro de 1967, A Bigger Splash, de David Hockney, le dio al mundo una visión del modernismo californiano limpia y completa en la que la figura humana podía borrarse, dejando solo la evidencia de la perturbación en el agua. La salpicadura en el cuadro de Hockney es un suceso de dos segundos que, como es bien sabido, tardó dos semanas en plasmar. La salpicadura es el clímax de una historia sin personajes, ambientada en un paraíso bañado por el sol, de líneas rectas y superficies impasibles. La promesa del cuadro es que hasta las perturbaciones de la vida pueden representarse como una geometría elegante y agradable.
El dibujo de Juanma Moreno Sánchez de 2008, After a bigger spash, empieza por invocar ese famoso título para después desmantelar sistemáticamente cada una de sus promesas. El mundo aquí no es una villa privada californiana, sino una esquina cualquiera de una calle europea, representada con el monocromo granulado y emborronado del carboncillo. El sol ha desaparecido, sustituido por un cielo plano y sin rasgos. Y la figura humana ha vuelto, no como el bañista invisible, sino como un cuerpo pesado, presente, encorvado y torpe. Esta figura que regresa es el cuerpo en la calle, desnudo y puesto donde no encaja.
El dibujo es una discusión plasmada en carboncillo y pintura. El mundo de la ciudad es un estudio de tonos, un lugar de texturas, sombras y ruido visual que recuerda a las escenas urbanas anónimas que Moreno Sánchez estaba pintando por la misma época, como en su óleo Transeúntes de ese mismo año. Pero en esta realidad sobria y monocroma se han dejado caer dos manchas de un azul chillón y plano. El cielo y el pequeño charco de agua son del mismo color plano y sintético, un azul que parece importado de otro tipo de arte, del mundo pop de los acrílicos de Hockney. Este color no describe la luz o el agua, sino que se anuncia a sí mismo como una cita. Este azul sintético es el azul equivocado para este mundo áspero, y esa es la clave. La salpicadura aquí no es un recuerdo del gran gesto de Hockney, sino una erupción pequeña y contenida en un charco, en una fuente pública o en algo que quizá ni siquiera está ahí.
Esta fascinación por la salpicadura, por el cuerpo que se encuentra con el agua, se convertiría en un tema recurrente aunque discreto para Moreno Sánchez, reapareciendo en su acuarela de 2012, Splash, y de nuevo en un óleo de 2018, Chapoteo en una noche de verano.
El riesgo real del dibujo está precisamente en esas manchas de azul. Son tan ajenas al resto del lenguaje de la imagen que amenazan con partirla en dos. La colisión entre el cuerpo gestual y modelado y el color plano y gráfico es violenta; una solución que genera un potente impacto visual, pero que no llega a integrar sus dos mundos. No sé decir si el cuerpo está entrando en el agua o saliendo de ella, ni qué ha llevado a esta persona a estar desnuda en una calle de la ciudad. El dibujo se niega a ofrecer una historia, una psicología o una moraleja. Solo ofrece una colisión de materiales e historias, dejando a la figura varada entre el mundo físico de la calle de carboncillo y el paraíso artificial de un azul que parece el recuerdo de algún verano.