4 / 5

Secuestro en la rave.

2024, Óleo sobre tela, 130 x 130 cm.

La fiesta ha terminado

Una fiesta es una promesa de comunión, pero esta se está viniendo abajo. Llegamos a un claro en el bosque donde la luz va menguando. En el corazón verde de la escena, un grupo de gente palpita con los colores extraños y saturados de un vertido químico: jade, fucsia, amarillo ácido. La mayoría de los asistentes son un amasijo de miembros y ropa, con las caras ocultas bajo capuchas cristalinas que parecen gemas recién extraídas o artefactos digitales. Son un colectivo, pero un colectivo indescifrable. Nuestra vía de entrada a este caos es el chico de la izquierda. Es el único al que se le concede la nitidez de un rostro, y ese rostro es una máscara de pura alarma. Tiene la boca abierta y los ojos como platos, fijos en algo que está fuera del lienzo. Está ahí, pero su atención está en otra parte. Él ve el peligro que nosotros solo podemos sentir.

El título del cuadro, Secuestro en la rave, le pone nombre a esta angustia ambiental. Sin embargo, no hay violencia explícita, ni una víctima o un agresor claros. Más bien, el secuestro parece una condición de la propia escena. Las figuras no están capturadas por una persona, sino por el evento mismo, que disuelve su individualidad en un cuerpo colectivo y espasmódico. Sus cabezas quedan anonimizadas por esas máscaras geométricas, que las reducen a sus colores. Son asistentes, pero también son objetos. El espacio que los rodea es igualmente inestable. El suelo del bosque da paso a bloques de color de bordes duros y a una mancha de espray, con sus goterones incluidos. Estas marcas no describen la escena, sino que la perturban. Son fallos en el campo pictórico, recordatorios de que un cuadro es una construcción, una ficción sostenida por el pigmento y la voluntad.

Esta tensión entre la figura y su disolución es desde hace tiempo un rasgo característico de la obra de Juanma Moreno Sánchez. Sus cuadros vuelven a menudo a lugares de encuentro social —un parque, una plaza, una fiesta— para ser testigo de su desmoronamiento. Obras como Botellón en el pueblo (2013) o la más reciente Festival de influencers (2025) están pobladas de multitudes, pero nunca son una celebración de lo colectivo. Son estudios sobre la alienación, sobre la soledad en público. Este cuadro, realizado en 2024, comparte escenario y una sensación de desastre incipiente con otra obra del mismo año, Catástrofe en el bosque, pero aquí la catástrofe es social. El lienzo cuadrado funciona como un contenedor para el caos, un marco que a duras penas contiene lo que encierra. Parece menos una ventana a un mundo que una pantalla que congela un instante de fallo sistémico.

En una exposición individual de 2024 en Sevilla, titulada «El Valle Inquietante», Moreno Sánchez exploró ese territorio perturbador donde lo humano y lo artificial se confunden. Aquella muestra, como este cuadro, estaba llena de figuras híbridas y formas indeterminadas que provocan una mezcla de fascinación y repulsión. Esta idea de una disrupción productiva puede entenderse a través de lo que la escritora Legacy Russell denomina el «Glitch». Para Russell, un glitch no es solo un error; es un rechazo al funcionamiento fluido de un sistema, una quiebra inesperada que abre un espacio para nuevas formas de identidad y expresión. En Secuestro en la rave, los glitches pictóricos —el espray, la geometría invasiva— funcionan exactamente de esta manera. Son momentos de rechazo. Impiden que el cuadro se convierta en una imagen impecable y fácil de consumir de una fiesta en el bosque, y nos obligan a enfrentarnos a su artificialidad, a su propia naturaleza de objeto pintado que entra en un mundo saturado de imágenes digitales fugaces.

Una reunión en el bosque, impregnada de fervor extático y con un trasfondo de terror, evoca inevitablemente las Pinturas Negras de Francisco de Goya. Específicamente, recuerda a su Romería de San Isidro (h. 1820-23), una obra que representa una procesión de rostros atormentados y gesticulantes que avanzan cantando en la oscuridad. Los peregrinos de Goya son una masa unificada y aterradora, arrastrada por un fanatismo primario y compartido. Dos siglos después, Moreno Sánchez nos ofrece un tipo de peregrinación distinto. Sus fiesteros no están unidos por una fe común, sino atomizados por su propia experiencia. Sus rostros no están desfigurados por la emoción, sino completamente borrados por sus extrañas máscaras futuristas. Donde el horror de Goya era terrenal y colectivo, este nuevo horror es tecnológico y aislante. Es la desazón de estar entre una multitud y sentirse completamente solo.

La rave fue en su día un proyecto utópico, una zona temporalmente autónoma donde se podían imaginar nuevas formas de vida colectiva. Este cuadro nos muestra qué ocurre cuando la promesa se malogra. La comunidad se fragmenta, la música se detiene y el bosque vuelve a parecer amenazante. El «secuestro» del título no es un suceso aislado, sino un estado generalizado: una captura por la imagen, por el algoritmo, por la exigencia social de una alegría que no se puede sentir. Nos quedamos con la mirada aterrorizada del chico, dirigida para siempre a una amenaza invisible que está justo fuera del marco. Es el único que busca una salida. El cuadro no nos ofrece esa escapatoria. Nos retiene aquí, en la bella y rota promesa de la fiesta.

Más de 2024

Artwork Ángel I
Artwork Ángel II
Artwork Ángel III
Artwork Bodegón
Artwork Catástrofe en el bosque