Pintar la muerte no es fácil. Un pintor que quiera mostrarnos una calavera, una vela apagada o una mosca sobre una fruta tiene que moverse entre los escollos gemelos de lo teatral y lo sentimental. Si te excedes, la obra se convierte en una lección sobre la mortalidad. Si te quedas corto, corre el riesgo de ser simplemente patética. En la muerte de un insecto, la pérdida es tan minúscula que casi no tiene peso, y conseguir que importe sin caer en el melodrama exige honestidad. Juanma Moreno Sánchez titula esta pequeña acuarela La cigarra, un nombre con el peso de un mito. No pinta solo un insecto muerto; pinta la conclusión de una de nuestras fábulas más antiguas sobre el arte y el trabajo, la de la hormiga que se afana y la cigarra que canta. En la fábula, el canto de la cigarra es su crimen, la alegría imprevisora por la que debe pagar. El cuento termina ahí, con una moraleja sobre la planificación. Esta pintura parece el verso final que nunca se escribió, una mirada serena y nada sentimental a cómo es en realidad el final del canto.
Este huapango del mexicano Raymundo Pérez y Soto, cantado por bulerías por el mismísimo Camarón de la Isla cambia el punto de vista, y ya no estamos hablando de la muerte de la cigarra, sino de la muerte propia. En el fondo, cuando se llora a un muerto, lo que en realidad se llora es a la propia muerte. A la de uno, a la de todos.
Ya no me cantes cigarra que acabe tu sonsonete que tu canto aquí en el alma como un puñal se me mete sabiendo que cuando cantas pregonando vas tu muerte
Bajo la sombra de un árbol Y al compás de mi guitarra Canto alegre este huapango Porque la vida se acaba Y quiero morir cantando Como muere la cigarra