El tema viene envuelto en nubes de nostalgia, una añoranza por una sencillez perdida e idealizada. El verdadero reto es pintar la extrañeza misma de ser un niño: un estado de mitología privada, donde el mundo es maleable y las relaciones más intensas son las que se inventan en secreto. La mente infantil no obedece las reglas de la compañía plausible. Puede hacerse amiga de una sombra, de un monstruo o de un animal.
Este es el espacio silencioso e inquietante que ocupa la acuarela de Juanma Moreno Sánchez, A friend. El título proclama una simple compañía, pero la imagen nos muestra una imposible. La obra es temprana, de 2010, pero ya muestra su interés por las costuras de la realidad. La amistad que vemos aquí no es menos extraña que las criaturas híbridas de su obra posterior.
Existe una tradición de retratar a niños con sus animales, y rara vez se trata de un simple registro de afecto. Los animales actúan como símbolos o como fuentes de una tensión sorda. En el retrato de Manuel Osorio Manrique de Zuñiga de Francisco de Goya, el niño, con su vivo traje rojo, está flanqueado por jilgueros enjaulados, símbolos de la inocencia, mientras los gatos de la familia acechan en la sombra con los ojos fijos en los pájaros. Goya pinta un mundo infantil rodeado de un mundo de depredadores, ambos en una tregua frágil y temporal. La inquietud en el cuadro de Moreno Sánchez es de otra naturaleza. El oso hormiguero no es un depredador. El oso hormiguero es un animal tan profundamente ajeno que el toque sereno y posesivo de la niña sobre su lomo parece un error de categoría, un gesto de domesticación aplicado a algo indomable.
Esta preocupación por las conexiones precarias, imaginadas o fallidas es un tema recurrente en la obra de Moreno Sánchez de este periodo. Aparece en las multitudes de figuras inconexas de obras como Transeúntes (2008), que comparten una calle, pero no un mundo. El mismo tema aflora en el propio título de Abrazo de dinosaurio, de 2013, que promete una intimidad tan absurda como físicamente imposible. En Voyeur, pintado el mismo año que A friend, nos presenta a una figura cuya única forma de participar es mirar. Aunque la niña de este cuadro no es exactamente una voyeur de su propia vida, sí es la única espectadora de la escena que ha construido.
El tratamiento de la acuarela es crucial, creando un mundo que parece más invocado que construido. Otro pintor le habría dado más sustancia al parque para anclar a la extraña pareja en un lugar sólido y verificable. La levedad del entorno refuerza la idea de que la escena no sucede del todo en el mundo, sino en la cabeza de la niña.
La pregunta final, sin resolver, está en la mano de la niña. Descansa sobre el pelaje áspero del animal, un punto de contacto entre dos órdenes distintos del ser. Pero es un toque tentativo. No es una caricia ni una palmada; simplemente está ahí, posada.