Un peso de arena oscura sostiene la fragilidad de una nuca descubierta, mientras el horizonte se fractura entre el azul profundo y un ámbar que amenaza con devorar el día. Hay una soledad antigua en este encuentro: la quietud de quien observa el abismo y el silencio del mar que no ofrece respuestas. Es el instante exacto en que la inmensidad del mundo choca con la vulnerabilidad de estar aquí, presente, frente a lo que no podemos abarcar.

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Verano sombrío II.

2013, Acuarela sobre papel, 22 x 16 cm.

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