El espejo, un portal dorado a la juventud. Un cuerpo, reflejo de la vitalidad, busca contacto, anhela la conexión. La mujer, testigo de la memoria, tiende la mano, una invitación o una despedida. Él, a un lado, observando, un espectador en la danza del tiempo. La habitación, un teatro de sombras, guarda el eco de lo que fue y la incertidumbre del futuro. Un instante suspendido, un encuentro con el fantasma del deseo y la fugacidad de la vida.

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El putón que fuimos.

2011, Óleo sobre madera, 90 x 60 cm.

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