La piel se enciende bajo el sol, una geografía dorada que flota en un vacío de cobalto. No hay horizonte, solo la suspensión del instante y el roce distraído de una mano que ajusta, que reclama su lugar en el cuerpo. Es la quietud de un verano sin final, donde la calidez del bronce choca contra el azul gélido, capturando ese momento exacto en el que el mundo desaparece para dejar paso a la conciencia plena de estar presente, de ser carne y peso habitando la inmensidad.

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Verano sombrío I.

2016, Acuarela sobre papel, 22 x 16 cm.