Un ángel por piezas
Hay un cuerpo, pero no una persona. Un torso, pintado en tonos rosados, cálidos y carnales, alza los brazos en un gesto que es mitad rendición, mitad celebración. Hay ropa, pero no un disfraz. Una tela de un magenta brillante, ceñida a la cintura por una faja de un azul eléctrico, imposible, se amontona en el suelo con un pliegue teatral. Hay un ala, pero no un vuelo. Descansa junto a la figura, como un objeto aparte, con las plumas blancas rematadas en un dorado que rima con la luz difusa atrapada en una botella de cristal cercana. Es una escena hecha de partes, una colección de atrezo de estudio. El título nos dice que es Ángel I, el primero de una serie. Pero más que un ángel terminado, parece el momento antes de que empiece la función, el inventario silencioso de lo necesario para construir uno.
A Juanma Moreno Sánchez le fascina desde hace tiempo la maquinaria de la fe y los grandes símbolos del canon occidental, sobre todo los de su España natal. Su catálogo está poblado de Asunciones, Piedades y Vírgenes, como en el par de lienzos de 2020, Madonna (I) y Madonna (II). Sin embargo, su tratamiento de estos temas nunca es directamente devoto. Es pictórico; es decir, es escéptico, curioso y está profundamente interesado en la materia del mundo. Parece preguntarse qué hacen estas imágenes antiguas ahora, en una era de saturación digital. ¿Qué ocurre cuando un artista conocido por su cuadro de 2017, El funeral del influencer, vuelve su atención a lo celestial? La respuesta en Ángel I es que lo sagrado desciende al nivel del suelo del estudio. El ángel no es un visitante de otro mundo, sino un problema de montaje, un reto de color y forma que ha de resolverse con óleo sobre tabla.
La composición parece un diálogo directo, casi travieso, con el Barroco español, en particular con un pintor como Francisco de Zurbarán. En una obra como A Cup of Water and a Rose (c. 1630), Zurbarán era capaz de tomar los objetos más humildes —un cuenco de cerámica, una sola flor— y, a través de la intensidad de su mirada y la alquimia de su luz, elevarlos a la categoría de temas de profunda contemplación espiritual. Moreno Sánchez invierte la operación. Parte de un tema de trascendencia absoluta, un ángel, y lo sitúa entre el desorden mundano del presente. El ala es un accesorio. El cuerpo es un fragmento. La botella, con un palo en equilibrio sobre la boca, es un hecho tozudo, terrenal, que se niega a ser ignorado. El cuadro no nos pide que miremos a través de los objetos hacia una realidad superior; nos pide que los miremos a ellos, que miremos la espléndida fricción entre un símbolo y sus componentes precarios, humildes.
Este montón de piezas tiene su propia resonancia contemporánea. En su ensayo de 2009, «En defensa de la imagen pobre», la artista y escritora Hito Steyerl reflexionaba sobre la vida de las imágenes en la era digital. Describe la «imagen pobre» como una copia en baja resolución que ha circulado, se ha comprimido y degradado, perdiendo su calidad original pero ganando un nuevo tipo de velocidad y presencia. Es «un fantasma de una imagen, una previsualización, una miniatura, una idea errante». La idea de un ángel es, en muchos sentidos, la imagen pobre por excelencia de nuestra cultura: un concepto reproducido tantas veces, en tantas formas que van del gran arte al kitsch, que nos llega ya gastado, cargado con una genealogía dudosa. Moreno Sánchez toma ese fantasma y le da un cuerpo, aunque sea uno construido. Trabaja con imágenes que pueden estar inspiradas en la inteligencia artificial generativa, como se señaló en su exposición de 2024 «El Valle Inquietante», una muestra que exploraba el territorio perturbador entre lo familiar y lo extraño, lo humano y lo algorítmico. El ángel de este cuadro no es el original prístino, sino la copia de quinta generación, devuelta con esmero a la materia, a cuya borrosidad digital se le ha dado el peso y la textura del óleo.
¿Qué se está ensamblando aquí, pues, en este espacio oscuro e indefinido? No solo una figura, sino un argumento sobre dónde encontrar hoy lo sublime. Puede que no llegue como una visión impecable e imponente. Puede que, en cambio, tenga este aspecto: un puñado de atrezo, un hermoso caos, un apaño. El gesto del torso es abierto, receptivo. Los colores del paño son un estallido de pura alegría. La luz en la botella es una calidez pequeña, contenida. El cuadro no promete el vuelo. El ala, por ahora, está en tierra. En su lugar, ofrece los materiales. Sugiere que, si ha de ocurrir un milagro, tendremos que construirlo nosotros mismos, a partir de los fragmentos radiantes y rotos que tenemos a mano.